Hoy cansada y con mis piernas adoloridas, me fui a trabajar al hogar con los chicos y ahí estuve durante todo el día, en la noche, prediqué nuevamente en Locos por Jesús y fue maravilloso ver cómo Dios usaba mi persona para hablar, y estoy segura de que ese mensaje llegó a los corazones de los jóvenes que estaban allí.
Al regresar a mi cuarto, me sentí como nunca antes me había sentido, fue cómo si todo lo difícil de estar acá en Perú todos estos días se hubiese juntado y lo estuviera sintiendo todo de una sola vez…
De lo que sentí esa noche escribí lo siguiente:
No teniendo aún ni veinte años,
hoy siento algo inexplicable,
sólo mi Señor conoce mi sacrificio,
sólo Él ha contado cada lágrima que he derramado,
porque estuvo allí para secarlas…
Cuán difícil se me ha hecho saber que estoy lejos,
lejos de casa, de los que amo,
aún cuando acá he encontrado amor fraternal…
Es duro, muy duro,
mas mi valor viene de Dios mismo.
He conocido en parte,
el sufrimiento en el servicio a Dios,
el dolor del sometimiento a la obediencia a mi Señor,
porque puedo asegurar que esto duele y mucho,
ser perfeccionado duele hasta lo más profundo…
He conocido lo que es negarme a mí misma y no es sencillo.
Pero bueno, ¿quién dijo que lo fuera?
pero también he vivido en mi ser
la satisfacción de ese servicio total,
porque el único motivo por el cual vine a este lugar
y por el cual he podido sobrellevar este reto
es proclamar el nombre de Jesús,
entregar del amor que me ha dado
y anunciar su maravillosa Palabra.
Ciertamente es Dios quien pone el querer como el hacer
pues si no fuera por él yo no estuviera aquí y ahora.
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